Condenados.

Tuve que caerme desde muy alto, haciéndome daño en las rodillas y en las manos, despellejándolas, para percatarme y encontrar la respuesta a lo que muchos lloran.
En ese momento por fin entendí el porqué de casi todo. Entendí por qué los únicos que permanecen a nuestro lado como ángeles, son los que no pueden hablarnos ni entendernos con palabras, y que, por desgracia, desaparecen pronto. Entendí por qué los únicos que permanecen a nuestro lado como malditas sanguijuelas, son los que buscan intereses e intentan destruirte; son aquellos que te pisotean, para llegar más alto que tú. Y por desgracia, todos estamos aquí. Por desgracia, estamos condenados a tener una vida larga, estamos condenados a ser libres. Porque todo lo que elijas va a estar bien para ti. Todo lo que elijas estará mal para otra persona.
Hasta que no me curé yo sola esas heridas (porque salí al jardín de atrás a respirar un poco el aire contaminado), hasta que no fui capaz de quitarme del todo la costra medio levantada que me escocía, no fui capaz de aprender. Porque me dolía. Porque tenía miedo de que eso doliera aún más. Y hasta que no lo hacía, no empezaba a reírme nerviosa de lo agradable que era no sentir más la sangre recorrer mi pierna, o la costra engancharse en la tela del pantalón.
Por fin he entendido que, ¿quién es realmente feliz?

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