El Relojero.
Dicen que vivía dentro de la manecilla más larga, en la Avenida 1215, la cual era confundida con Buena Suerte, al otro lado del mundo.
Se trataba del señor Poppel. ¿Quién iba a decir que era él? Sin embargo; así era.
Como podrás saber, él era un anciano que apenas escuchaba ya, y que recordar, recordaba su nombre y el tuyo lo recordaría hasta el día siguiente.
Sea como fuere, entré tras mi padre, quien vestido con un elegante traje negro, sacó de su maletín de cuero oscuro un mediano reloj de bolsillo con una cadena que, siendo tan ingenuo, alardeaba de que fuera de oro.
El señor Poppel se encontraba mirando hacia la pared, de espaldas a la puerta. Desde lo que podía ver (o más bien escuchar, ya que apenas llegaba a asomar la cabeza por el mostrador), deduje que estaría arreglando otro de los millones de relojes que colgaban por las paredes de color azul oscuro, o alguna vieja máquina de escribir como las que se encontraban dentro de las vitrinas dispersas por la pequeña tienda.
Comencé a sentirme incómodo; como si los relojes me observaran todo el tiempo y farfullaran todo lo que pensaban de mí entre ellos. Desde luego, ese constante tic-tac llegaba a resultar irritante.
Una vez mi padre consiguió que el señor Poppel se percatara de que estábamos ahí y mi padre le explicara su petición, realicé mi pregunta.
-¿De quién son todos estos relojes, señor Poppel? - me escondí un poco tras el cuerpo de mi padre y él sonrió. Poppel, realizó una afónica risa y tosió.
- Todos míos - respondió con voz áspera, pero de algún modo relajante.
- Es un tanto irritante este sonido ¿no cree? - preguntó esta vez mi padre.
- Eso creo... O eso dicen. Lo cierto es que llevo tantos años en esta habitación que a veces ni los oigo. Ya sabe, gajes del oficio - volvió a emitir esa risa afónica.
- Nunca llegará tarde a ningún lado. Mamá estaría encantado con usted - comenté gracioso. Él rió.
- Hijo, llevo tanto tiempo siendo consciente del tiempo que ahora lo que busco es deshacerme de él.
- Pero vives entre el tiempo.
- Y sin embargo intento huir de él. Es curioso...
- Yo creo que el tiempo no existe.
- Joven, bienvenido a mi tienda, en la que algo inexistente es mi jefe.
Se trataba del señor Poppel. ¿Quién iba a decir que era él? Sin embargo; así era.
Como podrás saber, él era un anciano que apenas escuchaba ya, y que recordar, recordaba su nombre y el tuyo lo recordaría hasta el día siguiente.
Sea como fuere, entré tras mi padre, quien vestido con un elegante traje negro, sacó de su maletín de cuero oscuro un mediano reloj de bolsillo con una cadena que, siendo tan ingenuo, alardeaba de que fuera de oro.
El señor Poppel se encontraba mirando hacia la pared, de espaldas a la puerta. Desde lo que podía ver (o más bien escuchar, ya que apenas llegaba a asomar la cabeza por el mostrador), deduje que estaría arreglando otro de los millones de relojes que colgaban por las paredes de color azul oscuro, o alguna vieja máquina de escribir como las que se encontraban dentro de las vitrinas dispersas por la pequeña tienda.
Comencé a sentirme incómodo; como si los relojes me observaran todo el tiempo y farfullaran todo lo que pensaban de mí entre ellos. Desde luego, ese constante tic-tac llegaba a resultar irritante.
Una vez mi padre consiguió que el señor Poppel se percatara de que estábamos ahí y mi padre le explicara su petición, realicé mi pregunta.
-¿De quién son todos estos relojes, señor Poppel? - me escondí un poco tras el cuerpo de mi padre y él sonrió. Poppel, realizó una afónica risa y tosió.
- Todos míos - respondió con voz áspera, pero de algún modo relajante.
- Es un tanto irritante este sonido ¿no cree? - preguntó esta vez mi padre.
- Eso creo... O eso dicen. Lo cierto es que llevo tantos años en esta habitación que a veces ni los oigo. Ya sabe, gajes del oficio - volvió a emitir esa risa afónica.
- Nunca llegará tarde a ningún lado. Mamá estaría encantado con usted - comenté gracioso. Él rió.
- Hijo, llevo tanto tiempo siendo consciente del tiempo que ahora lo que busco es deshacerme de él.
- Pero vives entre el tiempo.
- Y sin embargo intento huir de él. Es curioso...
- Yo creo que el tiempo no existe.
- Joven, bienvenido a mi tienda, en la que algo inexistente es mi jefe.
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