Escribiré tu carta de suicidio.

Me hiciste creer que sin ti no era nada. Y que tú sin mí no podías existir. Y es cierto, por eso te estoy apuntando con un revólver: tú sin mí no sabías existir, y yo contigo no sabía vivir. Así que si te disparo, habrás desaparecido; yo ya no existiré más y sin embargo seré libre.
Porque he estado al borde de la desesperación. El mismo revólver con el que te apunto la sien, alguna vez apuntó la mía. Y es que, no sé qué querer o hacer, si ir a por ti y vengarme o vengarme de mí misma yendo a por mí.
Opté por la primera, porque de hecho, te lo mereces. En las madrugadas en las que me desgarro, a veces me doy la mano y me susurro que todo irá bien. Creo que es la mejor mentira que me he dicho jamás.
Me hiciste creer que sin ti no era nada. Y que tú sin mí no podías existir.
Ni siquiera recuerdo con claridad el por qué de la discusión, solo sé que dejaba que siguieras mintiéndome para ver hasta dónde llegabas. Quizás por eso fue mi culpa, ya que, llorando y desgarrándote, viniste a mí y me dijiste lo mucho que me necesitabas. Yo simplemente te miré a los ojos y con mi peor cara de entre odio y decepción, te susurré un «adiós».
Créeme, me dolió más a mí que a ti. Era un bucle. Si miras hacia atrás, ya no podrás verme. Y tú con tu ira y ganas de venganza, te alegrarás al saber que yo no tengo a nadie ni aunque mire hacia adelante. Pero, ¿sabes qué? Creo que estoy bien, ahora que no estás tú.
Hagamos un trato. Sabes que haré trampa, será un trato en el que solo puedo ganar yo. Porque tus engaños hacia mi arte más blanco y puro eran tremendamente dulces. Y entonces yo aprieto el gatillo y dejo el revólver en tu mano derecha. Hagamos que parezca un suicidio. Tu suicidio. Porque me echabas de menos. Porque te sentías desesperanzado, solo, desgraciado y repugnante. Porque es como deberías haberte sentido. Me iré. Y tú sentirás el frío de la soledad.
Me iré.

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