Cartas para nadie, todos los días.

Cogió el folio con furia y lo rompió en pedazos para luego quemarlos. Miraba cómo las llamas devoraban cada uno de los trozos convirtiéndolos en ceniza. También advertía alguna de las palabras que había escrito minutos antes. En su mano, aún quedaba un papel. No quería guardarlo; sería el último en arder:
"- Asesiné una parte de mí para mantenerte con vida, quizás, aunque fuera sólo en mi memoria. No te has ido, mi furia no se origina ahí, porque nunca has estado. Nunca he existido, al fin y al cabo. Hubo un tiempo en el que pensaba en bodas e hijos, sí, absurdo por mi parte. Imaginé todas las cosas que me daban pánico; pánico cuando no eras tú y eran contigo...-"
 Después de que en el alféizar de su ventana no hubiera más que restos de las cenizas (pues el viento había retirado la gran mayoría), de lo que una vez fueron sus sentimientos, sacó otra hoja en blanco: escribiría otra carta por la mañana.

Comentarios

Entradas populares